Decisiones individuales, resultados colectivos.

Un jugador de baloncesto recibe el balón, se gira hacia la canasta, se levanta en suspensión y lanza. Todo lo que ha hecho, absolutamente todo, desde el inicio de la jugada y hasta su finalización es fruto de una decisión individual. Ha corrido, se ha desmarcado de su oponente, se ha coordinado con el último compañero que le ha pasado el balón, ha dispuesto su postura corporal, su visión periférica y su coordinación, con un propósito individual y un resultado colectivo. Sus decisiones, todas ellas, las toma en función de un propósito colectivo, un comportamiento colectivo y un resultado igualmente colectivo. En el paradigma clásico de que en los deportes individuales se simplifica todo porque todo depende de un sólo individuo, nos hemos sentido reconfortados y dentro de una lógica aparentemente irrefutable. En muchas ocasiones me he cuestionado, no sin un peso de duda importante, cómo hay que cualificar, valorar y etiquetar la jugada de nuestro jugador de baloncesto. Esa acción puede valer una canasta de final del primer cuarto o una final del Mundial de selecciones nacionales. Puede suponer una medalla de oro o de plata. Puede ser una canasta anónima de las millones de canastas anónimas que no han pasado a la historia. Su decisión y su ejecución han dependido exclusivamente de él. El resultado le va a afectar a él y a sus compañeros. El resultado de su acción es colectivo.

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